Relatos o Versos

Ene
27
2016

Y la mano se cuela bajo…

 Escrito a las 15:00     Archivado en: A5, Relatos o Versos     2 comentarios


Momentos místicos, respiraciones contenidas, gritos del Universo, puntas del iceberg.
Los esperados, soñados, perseguidos, buscados y por fin encontrados.
Como cuando arranca un aplauso, cuando logras una victoria que creías imposible, besas el cielo desde lo más alto de la montaña, o acabas un curso y obtienes el ansiado título. O como cuando te dan una noticia que te conmueve… ese gesto que es padre de una lágrima de felicidad que dibuja una runa en tu mejilla.
Más aún, ese primer beso que nace de horas de nervios, ese escalofrío cómplice, ese punto de inflexión en que la paciencia y la razón se rinden al deseo y una mano traviesa, que llevaba un rato errante dibujando versos por la piel, se cuela bajo unas braguitas de encaje mientras un pálpito retuerce tu corazón. Empiezas un viaje, y llegas a un terreno mágico que has soñado mil veces, y que ahora por fin puedes disfrutar. Deseas aferrar a tu recuerdo cada matiz, cada sensación, quieres que el tacto te gobierne y desearías poder apagar el cerebro, y tener todos tus sentidos únicamente en esa mano, tan solo gestionas unos labios que siguen bailando un precioso tango.
Disfrutas del paisaje, sea desértico o selvático, buscas el arroyo como algo instintivo, quizás por simple supervivencia, y cada milímetro del trayecto transcurre lentamente. Cuando por fin llegas, no puedes evitarlo, te emocionas, te estremeces, sonríes travieso, sabiendo que ya tras ese viaje, tan solo una cosa has de hacer… tienes que lanzarte, bañarte y beber del sagrado oasis, hasta quedarte sin sentido, hasta que tu conciencia se diluya con la suya.

Touch
IMAGE: By Dani_vr from A Coruña, España (Eros Galicia – Sensual caricia) [CC BY-SA 2.0], via Wikimedia Commons

Con la corrección y revisión de mi querida Moonanet

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Ene
14
2016

A los valientes

 Escrito a las 14:30     Archivado en: Relatos o Versos     comentarios cerrados


— Me apetece volver ¿sabes?
— ¿Volver dónde?
— No es dónde, es a qué…me apetece volver a mirar unos ojos que brillan. A conducir gritando esa canción. A llorar de la risa y reírme de lo llorado. A enamorarme de un atardecer. A abrazar dando saltos y ponerme perdida de cerveza. Me apetece bañarme en la playa un sábado por la noche. Fumarme un cigarro a medias. Morder unos labios, porque me han hecho gracia, solo por eso. Saltar de la cama, sin importar como de grande sea la resaca. Pasar mas tiempo riéndome que buscando un motivo para hacerlo. Comprarme ropa nueva y mancharla con la cadena de la bici. Conocer gente. Viajar sin dinero. Encontrar un amigo para toda la vida. Raparme la cabeza o dejarme el pelo largo, ¡yo que sé! …
Me voy a comer el mundo y cuando acabe volveré a empezar ¿Te vienes?

 
Autor desconocido
 
 

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Dic
30
2015

La felicidad se abre paso

 Escrito a las 12:00     Archivado en: A5, Relatos o Versos     2 comentarios


El silencio y la calma habían precedido aquel momento tan curioso. Atrapado por el estrés de la vida, decidí sentarme en un banco a coger aire, no por cansancio, sino por ese ritmo frenético que nos hace olvidar lo básico y aparcamos la consciencia para parecernos a las máquinas. Allí sentado, yo era mucho más persona de lo que lo había sido en las últimas semanas, estaba en equilibrio con el Universo, y entonces, pasó ella, y lo derrumbó todo.
Al principio me costó reconocerla por su peculiar peinado, pero su preciosa sonrisa la delató. Afortunadamente, ella no se dio cuenta de mi presencia, y se agachó para limpiarle la boca a un niño que no tendría más de 2 o 3 años, y por cómo lo hizo, supe que era su hijo. Ella estaba como siempre, preciosa, y lucía radiante su pelo negro azabache y sus tan adorados tacones con falda corta. Resumiendo, estaba tan guapa como en mis recuerdos, los años siempre fueron benévolos con ella, y por su calidad humana, lo merecía.
Se levantó y siguió camino, y yo me quedé allí sentado, pensativo, recordando nuestra historia.
 
Cuando la conocí, en nuestros veintipocos, era una criatura mágica que rebosaba sensualidad y dulzura. Nos hicimos amigos sin darnos cuenta y compartimos besos ocasionalmente y me hice el mayor y más sincero admirador de su sonrisa traviesa y sus perfectos pechos, cuyo tamaño, forma y suavidad dejarían sin palabras a un Neruda borracho la noche de un Sábado.
Nos abonamos a las grandes conversaciones, sin muros, hablando con franqueza de quienes llegaban a nuestra vida, nuestros trabajos, y años después, el tema de conversación se centró en el hombre que la esperaba en casa y que no sabía cómo tratarla en diversos ámbitos.
Ella había tenido varias malas relaciones previas a aquella, personas de esas que pasan por tu vida y dejan tu cielo lleno de nubarrones grises, y que desde entonces parece que nunca tendrás un Sol pleno y siempre te faltará algo de luz en tu cielo. A ella le quedó ese miedo a estar sola, esa incapacidad de nadar en piscinas vacías, ese terror que te petrifica más allá de tu control o voluntad, esa imposibilidad de mantener firme la rabia que te hace escapar de una casa… para no volver.
 
Y desde entonces, con respecto a ella, esa fue mi batalla, hacerle ver que su felicidad era propiedad privada, suya, claro, y que alguien que se comportaba del modo que lo hacía él, no merecía a una mujer como ella a su lado. Mi amor por ella era honesto y desinteresado, pues la distancia siempre había frenado nuestros intentos de hacer planes juntos. De vez en cuando nos regalábamos encuentros llenos de magia y pasión, donde aparcábamos en la puerta la ropa y cualquier mal rollo, para disfrutar aquellas horas como si fueran el último día de nuestra vida. Pero incluso en esos días, asomaba el nubarrón, me frustraba no verla más brillante, y me dolía cómo se resignaba a no alcanzar la plenitud perfecta de la cima de una montaña por miedo a las torceduras de tobillo del camino.
Y el destino no siempre ayuda, y conoció a otro chico que parecía poder ofrecerle esos sueños y cuando se los estaba empezando a mostrar se retiró de la partida, quizás él también tuviera sus miedos, y si graniza el día que la tortuga deja el caparazón en casa, nunca más vuelve a desprenderse de él.
 
Osito
Image from the amazing website Gratisography, thank you Ryan McGuire, by BellsDesign.
 
Ella buscaba hobbies para llenar los inmensos huecos que tenía en su vida. Deporte, bailes, cocina, cualquier lección entretenida era válida, y un maravilloso perrito le regaló unos años de calma, cuidando a otro ser, nos olvidamos de aquello que nos falta. Y en esa búsqueda de pasiones, encontró un tesoro, y es que tenía un don, la habilidad de contar historias, y hacerlo con una magia especial. Ella plasmaba otras vidas en palabras como si las hubiera vivido, y es que quizás lo hacía y se ponía aquellas pieles para escapar de aquel metafórico castillo donde siempre la sentí presa.
Yo di tres pasos atrás y ya ni tan siquiera pude mirar por la ventana de su vida. Acabé enfadándome tras mis continuas derrotas intentando que se escapara de aquella cárcel de amor y se diera una oportunidad viviendo sin miedo ni caparazón.
 
Cuenta la leyenda… que siguió con el imbécil, y tanto siguió, que al final, pasó lo único que podía pasar, un error, un acierto, o ambos, dieron vida a un niño.
No hay mayor regalo para la soledad que la sonrisa de un niño, ni mejor entretenimiento para una vida. Imagino que los colores recuperaron su vivacidad de la mano de aquella maravillosa criatura.
 
De vez en cuando, me he cruzado con su cara feliz en el avatar de su Whatsapp, y le he sonreído cómplice sabiéndola bien, y al leer sus historias en su rincón de Internet, he recordado que aquella maravillosa mujer está más viva que nunca.
 
Leyendo sus palabras me di cuenta, de que la felicidad se abre paso, y que si no le damos más de mil veces con la puerta en las narices, acabará entrando en nuestra vida, de un modo u otro.

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Nov
20
2015

El beso llave

 Escrito a las 15:00     Archivado en: A5, Relatos o Versos     4 comentarios


Esa novela que leer sin prisa,
ese mapa que recorrer lentamente,
un enigma que me intriga,
desafío nada corriente.
 
Crucigrama sin terminar,
fantasía masturbatoria,
agua fresca de manantial,
regalo de la memoria.
 
Corazón macerado al Sol,
hija del reino del color,
piel de pétalo de flor,
tributo a una oración.
 
Quien fuera beso en tu nuca,
que te escalofría, que te acurruca,
hundiéndote indefensa en mis brazos,
entregándote mortal a mis labios.

Childhood
Photo credit: LibreShot.com

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Oct
22
2015

“Sin decir nada” de Pepe Viyuela

 Escrito a las 17:00     Archivado en: Lecturas, Relatos o Versos     2 comentarios


Te estabas columpiando
en esa sombra antigua
del fondo del jardín.

La luna acompañaba
al cielo con canciones.
Yo sólo te miraba.
Eras para mis ojos.
Bebía el corazón
el balanceo de tu cuerpo
en la penumbra. Y tú tampoco
decías nada, eras el polen
que cubría mis labios, fecundando
el campo inmenso del deseo.

Y así, sin decir nada,
nos fuimos poco a poco
haciendo uno, misma sombra,
mismo pecho y aire compartido,
un solo corazón
que lentamente fue
dejando de latir.

Pepe Viyuela,
De “Las letras de tu nombre”

 
 
 

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Oct
21
2015

Estúpido orgullo

 Escrito a las 19:00     Archivado en: Relatos o Versos     comentarios cerrados


Debes aprender a perdonar — dijo ella, tan sabia como siempre
Lo sé, agradezco tus palabras, pero sabes que en este caso… no puedo, ahora mismo no, quizás con el tiempo — le respondí triste
¿Qué te hace imposible perdonarla? ¿Acaso hizo algo muy grave? — preguntó curiosa
Pues honestamente… no. Dejó de hablarme, incumplió sus promesas, bueno, ella es así ¿sabes? Durante un tiempo yo era capaz de ver todas las asperezas de su carácter y me aferraba a ellas para poder olvidarla, pero no es alguien que puedas olvidar fácilmente. Simplemente, me cansé de luchar por alguien para quien nunca sería una prioridad. — le contesté
Pero ¿Qué te hace odiarla? — preguntó
No la odio, o sí, quizás por quererla, no sé muy bien. El tiempo hará que se apodere de mi la indiferencia, y sin embargo, es un sentimiento que nunca pude dirigir hacia ella… pero seamos honestos, estoy cansado, no diré que lo haya probado todo, pero sí que lo he intentado mucho más que ella. Ni sentido tiene fingir un vínculo con quien quitó tu póster del muro de la amistad hace tiempo. Y el mundo es muy grande, y el corazón demasiado adulto. Odio tener que despedirme, pero aunque jamás se lo diga, eso debo hacer…
En aquel momento miré al suelo y fui consciente de mi derrota. Quizás era el primer paso para progresar, para que cambiara algo. Había perdido un pilar en mi vida, pero me quedaban más, y siguiendo con la metáfora, debía apoyarme en ellos mientras construía uno o varios que reemplazaran el perdido. Recordando sonrisas, la plenitud de aquellos escasos momentos juntos, me derrumbé como una jirafa a la que los huesos se le convierten en gominolas. Ella, al verme, se hizo cómplice de mi dolor y me puso la mano en la espalda, conciliadora.
Debes pensar ¿Qué sentirías si le pasara algo? ¿Y si se muriera y no pudieras haberle dicho lo que sientes hacia ella? — me preguntó, casi llorando
Pues me moriría con ella, como no, pero aún así, al otro lado, no le dirigiría la palabra. — repliqué un poco más tranquilo
¡Puñetero y estúpido orgullo! — me gritó señalándome con el dedo
¡Amén! — le respondí, sonriente, y entonces lo entendí — Let it be!

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Autor

  Post-its desordenados de...

...un ser humano normal, sin aparentemente nada llamativo ni destacado... salvo quizás una visión diferente del mundo, coleccionista de sonrisas y abrazos, que intercambio por buenas conversaciones. Normal... salvo que puedo ver tu alma en tus ojos, que era gallego antes aún de haber nacido, que tengo tanto que ofrecer y tantos colores con los que pintar... que estoy seguro de que vale la pena conocerme.

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