Relatos o Versos

dic
18
2014

Tu a mi también

 Escrito a las 19:00     Archivado en: Relatos o Versos     2 comentarios


¿Hablo mucho? — me dijo ella después de quince minutos en los que he de reconocer, llegué a preguntarme cómo cogía el aire.
Nooo — Le contesté, irónico y sonriente — Sigue por favor. Y siguió hablando, y disfruté de verle contarme lo más relevante de su trabajo, lo que le apasionaba y hacía que llevara haciéndolo tanto tiempo. Se le notaba que los nervios buscaban así una vía de escape, palabra tras palabra, y mi silencio no le ayudaba, ni mi mirada fija en ella, pero me permití ser cruel aceptando que en algún momento debería pagar por ello.
Le dio un sorbo al te y la vi más nerviosa que antes. Así que decidí hablar yo un rato para ver si la tranquilizaba. Pero lejos de ser así, parecía ansiosa por seguir contándome cosas de su día a día, y como me gustaba que lo hiciera, la dejé coger de nuevo las riendas.
Tenía un gran corazón y era noble, y tenía una piel preciosa y suave que invocaba a mis manos, aunque no me permitía pensar en ello. Era dulce y cariñosa, sin más, a veces le sencillez se enrosca en si misma para alcanzar una hermosa perfección, sin alardes ni credos ni mentiras ni secretos.
Recordé algunos fracasos, y otras victorias, y especialmente, todo lo que me arrebató la cobardía. Miré el baúl que había en sus ojos, y luego su boca. Para forzar un silencio, me levanté y me acerqué a ella, dirigiendo mis labios a su mejilla. En cuanto la toqué con ellos se quedó callada, y fue justo lo que necesitaba para, fintando ir a la otra mejilla, detenerme en sus labios para besarla durante varios segundos en una larga, sentida e inesperada caricia.
Al volver a sentarme en mi sitio la observé, se había quedado petrificada y blanca.
Tardó más de quince segundos en recuperar el color y empezar a sonrojarse.
— ¿Y eso? — me preguntó
— ¿Te he incomodado? — Le respondí
— No, tan solo… me has sorprendido — contestó sonriente y brillante
— Tu a mi también

dic
9
2014

Si (If)

 Escrito a las 19:00     Archivado en: Relatos o Versos     2 comentarios


Cada determinados años… no viene mal recordarlo.
Sensacional y eterno este poema de Kipling.

Si puedes mantener la cabeza en su sitio cuando los que te rodean
la han perdido y te culpan a ti
.
 
Si puedes seguir creyendo en ti mismo cuando todos dudan de ti,
pero también aceptar que tengan dudas
.
 
Si puedes esperar y no cansarte de la espera;
o si, siendo engañado, no respondes con engaños,
o si, siendo odiado, no dejas lugar al odio
Y aun así no te las das de bueno ni de sabio.
 
Si puedes soñar sin que los sueños te dominen;
Si puedes pensar y no hacer de tus pensamientos tu único objetivo;
Si puedes encontrarte con el Triunfo y el Desastre,
y tratar a esos dos impostores de la misma manera.
Si puedes soportar oír la verdad que has dicho,
tergiversada por villanos para engañar a los necios.

O ver cómo se destruye todo aquello por lo que has dado la vida,
y remangarte para reconstruirlo con herramientas desgastadas.
 
Si puedes apilar todas tus ganancias
y arriesgarlas a una sola jugada;
y perder, y empezar de nuevo desde el principio
y nunca decir ni una palabra sobre tu pérdida.
Si puedes forzar tu corazón, y tus nervios y tendones,
a cumplir con su deber mucho después de que estén agotados,

y así resistir cuando ya no te queda nada
excepto la Voluntad, que les dice: “¡Resistid!”.
 
Si puedes hablar a las masas y conservar tu virtud.
o caminar junto a Reyes, sin menospreciar por ello a la gente común.
Si ni amigos ni enemigos pueden herirte.
Si todos pueden contar contigo, pero ninguno demasiado.

Si puedes llenar el implacable minuto,
con sesenta segundos de diligente labor
 
Tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella,
 
y lo que es más: ¡serás un Hombre, hijo mío!

nov
11
2014

No es por ti, es por mi

 Escrito a las 19:00     Archivado en: Relatos o Versos     1 comentario


Hay días que las cosas no se dan bien por mucho que quieras evitarlo, y aquella tarde, saliendo de trabajar ya de noche, era uno de ellos.
Iba pensando en qué cenar, cuando llegué al primer semáforo que se puso en rojo en mi honor. ‎ Si el retraso, por haber salido tan tarde de trabajar, me impedía llegar al Mercadona a tiempo, pensaba en un kebap a domicilio que aumente mi tiempo de cama, pues al día siguiente tocaba madrugar mucho… otro semáforo en rojo, con coches pasando poseídos y la imposibilidad de saltármelo sin dejarme allí las piernas. Venga, calma, que Madrid no te contagie su locura, no hay prisa, pero sí, por mucho que me apetezca un ‎humus con pimentón picante y un mojito de bote, tendré que pensar en un kebap, no tengo mucho suelto pero admiten tickets restaurant. Y así me ducho y aprovecho más el tiempo, mañana a las seis en pie, qué estrés. El tercer semáforo en rojo no consiguió hacerme recapacitar todavía, pero al llegar al anden del primer metro justo cuando salía el vagón sí lo hizo, y con cariño, me acorde de las Santas Almorranas de la Virgen del Rocío.
Pero fueron más cosas, los dos metros siguientes igual, llegar al anden cuando se iban, sin opción de correr, y obligado a esperar cuatro o cinco minutos por cada uno. Empecé a sospechar que el destino estaba tramando algo.
Una llamada de trabajo, un tío majo al que no podría maldecir, bastante tiene el pobre con su trabajo y una preocupante afición por los náuticos y los vaqueros de colores. Siete minutos esperando el último metro, vaya tela, y yo ya mosqueado miraba por si había algo que debía llamarme mi atención, por si aquel retraso tenía algún propósito o sentido.‎ Me atropella una chica en el metro, y ofuscado solo me sale un “joder” en vez del habitual “lo siento”.
Llego a la maldita estación de Moncloa, y ya solo me quedan diez minutos esperando el bus. ¿Llego al Mercadona? Qué no, kebap, aunque sea uno cutre y sin la compañía que desearía… vaya mierda, pero eso y un capitulito me llevarán a los brazos de un Morfeo que soñaré mujer. La echo de menos, pero no se lo diré, cuestión de orgullo, en el fondo siento que luché más que ella, aunque no sea cierto, y al fin y al cabo qué más da, ella no está.
Cojo el autobús, sigo pensando en el kebap de dentro de un rato, en el mar, en el aire que necesito y que no parezco conseguir respirando. Me acurruco en mi asiento, me pongo música y me cago en Spotify y su manía de cambiar unas versiones por otras, a veces los odio mucho, idiotas irrespetuosos ¡cada versión es única!
Respiro, esta vez de verdad, cierro mis ojos y me dejo amansar por una melodía dulce…
 
metro
 
Ese imbécil con el que me he tropezado en el metro, menudo borde, no me ha gustado nada esa barba pelirroja teñida y mal cuidada, acompañado de esa camisa blanca que tan mal quedaba con la chaqueta gris. ¿Joder? ¿Joder? Que tu también te has tropezado conmigo, gilipollas, si es que… estos hombres creen ser los protagonistas de la creación. Si es que no hay nada mejor fuera que lo que tengo en casa, quizás debería darle otra oportunidad a Roberto, no es tan malo después de todo, los hay peores por ahí. Quizás deba hablar con él y darle un poquito más de tiempo, al fin y al cabo, hemos pasado por tanto juntos… bueno, aquí llega mi estación, a ver si me acuerdo de comprar bombillas, que necesitamos dos.
 
En medio del trayecto del bus abrí los ojos, por un momento pensé que quizás esa tarde de perros tenia sentido, pero no para mi, ni ahora. Miré la luna llena y volví a amodorrarme‎, pensando que aquello tan solo era otro de mis habituales delirios.
 
Aquella chica le dio una oportunidad a Roberto, que no tenía remedio. No hubo después de ese, más Robertos, se cansó de apuestas que parecían perdidas antes de comprar el boleto. Años después, me crucé con ella sin obviamente reconocerla, y aquella plenitud que llenaba su vida de aire fresco, una vez desparasitada de Robertos, me brindó una sonrisa que necesitaba‎ para salir de la dinámica negativa de un día en que las cosas parecen no salir nunca bien, un día de esos en que, como me enseñó su sonrisa, te pones las gafas que no son, y lo ves todo muy borroso. Ese gesto curiosa y desconocidamente causal me hizo sonreír en el metro, no ya por ella, sino por mi.

ago
21
2014

Compañero de tango

 Escrito a las 15:00     Archivado en: Relatos o Versos     4 comentarios


En aquel rato juntos, muchos habían sido los indicios que ponían fin a un camino mucho antes ni de tan siquiera comenzar. Él hacía comentarios sexistas, no era demasiado inteligente, y tampoco compartían algunas de las pasiones que ella consideraba vitales, como la música, el cine o la buena lectura.
Sin embargo, ella quería evadirse, y aquella mirada cómplice era suficiente. Tras varias copas, aceptó irse a la casa de él para evitar tener que ir a la suya y compartir su fortaleza, algo para lo que no estaba lista. Otra ventaja era que él vivía muy cerca del bar donde habían estado gran parte de la noche. Al llegar, observó que al menos no había el desorden que ella imaginaba, y no quiso pararse a pensar si sería por la presencia cercana de una mujer o mérito propio del varón, le daba igual. Ella sabía lo que quería y se giró hacia él para besarlo y comenzar el baile, cerrando los ojos para evadirse mientras daba libertad a su lengua y dejaba volar con ella su mente, para que la imaginación la llevara a casa.
Entre sudores, tuvo más orgasmos de los que esperaba, y empleaba los estímulos físicos como una suave brisa que acariciaba su mundo onírico, donde ella se perdía en unos ojos que no eran los del hombre que a su lado se esmeraba en darle placer, a su modo desacertado y egoísta. Ella viajaba entre fantasías y recuerdos, amplificaba escalofríos, desprendía sudor mezclado con un placer que era a la vez puro y lascivo… y en uno de los orgasmos de aquella noche en la que se dejó llevar por una necesidad más fuerte que ella, hubo un instante mágico en el cual pudo olerlo, mitad sueño, mitad recuerdo, confundiendo a su amante con su añorado compañero de tango, y aunque como la gran dama helada que era logró contener aquel nudo en su garganta, estuvo a punto de llorar.

ago
15
2014

Unchained melody

 Escrito a las 15:00     Archivado en: Relatos o Versos     comentarios cerrados


Recuerdo que hace tiempo, conocí a alguien especial.
Su belleza era una digna sombra de su inteligencia, y era una gran conversadora.
Podíamos hablar durante horas, y había una conexión inexplorada que prometía mucho. Pero había una duda, había algo en ella… oscuro, era amante del drama, cómplice de agonías. Creía que estar nostálgica y triste era lo que le daba ese brillo a su sonrisa, pero no era más que el tinte trágico que empañaba la verdadera felicidad que tenía al alcance de su mano. Aún así, “algo” en ella te encandilaba, lenta e inexorablemente.
Recuerdo que yo era casi suyo hasta que me perdió con aquel único gesto.
Pero los viajes, o los encuentros con la muerte, no de te dejan indiferente, y cambian lo que eres, o muestran aquello que escondes de un modo más claro. Es increíble cómo meses de dedicación y esfuerzo se desmoronan por un soplido, un mal viento.
Ni tan siquiera vio en mis ojos la opacidad de la decepción.
Sin girarse, se dirigió sonriente hacia su oscuro futuro.
Le enseñé a mi afecto contenido a observar y aceptar aquello.
Yo me senté, simplemente, a escuchar la trágica melodía de su vida.

 


 

comentarios cerrados
ago
8
2014

El oasis final

 Escrito a las 20:08     Archivado en: A5, Desde dentro..., No Love Free, Relatos o Versos     3 comentarios


Y aquel día, sin anuncios ni intuiciones que avisaran del encuentro, llegó ella.
Me sentí cómodo en sus ojos desde el primer instante, y aunque ella para mi era un enigma, yo para ella, quizás no tanto. Había seguido todas mis huellas, las que durante años dejé en la red, y recordaba incluso cosas que yo creía haber olvidado, sabía tanto de mi que me daba incluso miedo, aunque del bueno.
En sus ojos podría perderme, o encontrarme, no había fondo, y cuando intentaba hacerme mentalmente fuerte ante tan fabuloso rival, apareció su sonrisa para romper en mil pedazos todas las cadenas con las que ceñía a mi pecho el caparazón.
Ella era fresca y cálida a la vez, inteligente, única… sus pensamientos transitaban libres, y me sentía un troglodita intentando comprender qué dibuja un arquitecto, pero necesitaba hacerlo, y sabía que con tiempo y cariño, conseguiría conocerla tan bien como una persona cree conocerse a si misma, o como ella parecía conocerme a mi. Y pese a todo… ella quería estar allí, conmigo ¿Cuales eran sus secretos e incógnitas? ¿Al probar sus labios iría al infierno o al cielo? Estaba claro que renunciar a intentar alcanzarlos no era una opción…
No me importaba mucho su escote, aquellos pechos, fueran como fueran, serían los últimos que yo besara, y en el mapa de lunares de su cuerpo me perdería una y otra vez, ya no buscaría tesoros en otros lugares y haría de aquella isla, mi hogar. Los vaqueros ajustados definían unas piernas y un culo más que interesantes, aunque dejé de mirarlos cuando me atrapó el imán de sus ojos, y las dos o tres veces que vi sus pies me parecieron delicadas piezas de porcelana, uno de esos signos que me indicaban que me estaba… ¡No puede ser! ¿Qué me había hecho?
Esa gracia innata, esa belleza en cada gesto, esa forma de envolverte en su manto.
No sé cuando supe que estaba perdido, que ya era suyo, le llevó dos horas conseguir lo que otras no habían logrado en años. Tenía más miedo del que quería admitir, me sentía desnudo y vulnerable… pero con la última fuerza de mi inútil resistencia le dije con mi mirada que deseaba, con pasión, quedarme a vivir en el oasis de sus ojos… para siempre, y ella me sonrió.

El oasis final
Image from Stockvault. Called “Thousand Islands Scenery – Lavender”, from Nicolas Raymond (thanks)

Autor

  Desvaríos diversos de...

...un ser humano normal, sin aparentemente nada llamativo ni destacado... salvo quizás una visión diferente del mundo, coleccionista de sonrisas y abrazos, que intercambio por buenas conversaciones. Normal... salvo que puedo ver tu alma en tus ojos, que era gallego antes aún de haber nacido, que tengo tanto que ofrecer y tantos colores con los que pintar... que estoy seguro de que vale la pena conocerme.

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