El anciano del parque

16 de noviembre de 2010 en A5, Relatos o Versos 4 comentarios

A ver qué os parece esta Historia, me siento especialmente orgulloso de ella.
Es un poco larga, pero estoy seguro de que merecerá la pena,
tanto si es así, como sino, os invito a comentarlo,
collejas y caricias son siempre bienvenidas.

Cuando te despiertas muy temprano, con el Sol, el día se mueve basado en una agenda totalmente diferente, y más aún si llevas el reloj desfasado, y te despiertas engañado pensando que es más tarde de lo que es. La ciudad amanecía valiente y el frío me esperaba de un modo extrañamente cálido, aunque era solo su cara amable. Dejaba mi techo por aquella noche para poner rumbo al corazón verde de una ciudad tan extraña como familiar después de unos días compartidos con ella.
El tráfico era ruidoso y parecía enfadado con los peatones, cuando los semáforos jugaban a adivinar colores, esperaban sigilosos a que comenzaras a cruzar para abalanzarse sobre ti. Curiosa ciudad. No sin sobresaltos, llegué a una acera donde ya no había más pasos de peatones, tan solo un camino en dónde una máquina barrendera me amenazaba, demasiado despacio como para poder preocuparme. Ante mi, tres caminos, uno iba por la orilla izquierda, otro justo por el centro, y otro, por donde venía la terrible y lenta máquina, que me llevaba al otro extremo de la ciudad, muy lejos del destino que debía alcanzar unas horas más tarde para poner rumbo a mi lejano hogar. Entre todos los caminos, un campo verde, ideal para jugar con los niños como hacía allí un hombre.
El de la orilla izquierda iba a mi destino cruzando el parque, pero podía ir por el centro, tenía tiempo.
A mi lado, pasaba gente corriendo, locos madrugadores con ropa ajustada que lucían de lo más profesional, incluso en esos gestos faciales que habrían pasado horas entrenando delante de un espejo. Sus esfuerzos, en conjunción con la ropa, funcionaban, o entrenaban para maratones, o desde luego, lo parecía.
El camino era agradecido, pero ajeno, tan solo verde y campo, un parque de atracciones en construcción al fondo y una caseta custodiada por los primeros árboles, que según indicaba un amable cartel, era un servicio ¡Bien! Ahora tenía un sitio para hacer unas necesidades ausente, pues no había tomado aún un té caliente o algo que hiciera de ese sitio algo necesario para mi, así que proseguí camino.
Unos minutos después, vi como tras unos setos se abría paso un desvío que llevaba a la orilla de un enorme lago. A la derecha quedaban atracciones sucias y desmontadas, que no dejaban ver si para aquel recinto de diversión era su principio o su fin. Y allí, justo a la vuelta de la esquina, había un divertido jolgorio montado. Sus inquilinos, a pleno grito, discutían sobre los argumentos más absurdos. Las gaviotas querían ir a darse una vuelta hasta el mar, las ocas jugaban al pilla-pilla, unos patos pequeños buscaban distraídos su desayuno, y los cisnes empezaban el día pasándose de bordes con todos los demás para que los dejaran en paz, en todos los sitios hay clases.
Allí cerca había un banco vacío, y me senté en él para descansar de aquella media hora de caminata en la que el frío había dejado de ser amable conmigo. Dejé mi bolsa y la maleta, y obviamente, me sentí mucho más ligero. Estuve un buen rato contemplando las discursiones de mis vecinos, incluso unos gansos, rodeados por palomas, se animaron a venir a preguntarme si tenía algo para desayunar, les hice un gesto negativo y me dieron la espalda como si me hubieran trasladado a otro universo paralelo. Parecían cisnes ¡Qué groseros!

Me reía de su curiosa actitud cuando un señor mayor me pidió permiso para sentarse en el banco. Junté mis bolsas y me eché a un lado, y no sin titubear, como siempre que intento hablar en un idioma extraño, accedí con una sonrisa y un gesto para que tomara asiento.
Me moría de vergüenza y no sabía qué decir, así que empezó él.
Me encanta disfrutar del comienzo del día en compañía de todos estos chiflados. – dijo con su voz dulce
Sonreí – Si, realmente están llenos de vida – le contesté, no sin sentirme idiota. Él era un hombre con todo el pelo gris, incluido el de las cejas. Su cara era ancha, y su nariz redonda y grande, y sus gafas de pasta, el conjunto hacia que me diera la sensación de estar hablando con el mismísimo Carl Fredricksen que protagonizaba “Up”, una de mis películas favoritas. Fue entonces, al pensar en Carl, cuando tuve una sensación extraña, un escalofrío recorriendo mi alma. Pensé en sus palabras, y me di cuenta de que las había entendido mal. Él había dicho que aquello “era todo lo que tenía”, y no un “me encanta”, refiriéndose a esos chiflados con plumas gritando cuando el día despierta perezoso, y entonces lo comprendí, mientras lo leía en sus ojos, y él se daba cuenta y me dedicaba una tierna sonrisa.
A ella le encantaban ¿Verdad? – le dije
Si, los adoraba, incluso les ponía nombres, y los conocía a todos.
A veces hay momentos en los que me gustaría tener la lengua tan hinchada que me impidiera hablar y solo pudiera sonreír y hacer gestos a quienes me rodean.
¿Veníais aquí juntos? ¿Cómo era ella? – farfullé para salir del paso
Nos encantaba comenzar los días festivos y fines de semana en el parque. Podíamos pasarnos horas hablando y saludando a los conocidos que hacían sus actividades matutinas. Pasábamos aquí toda la mañana, y cuando llegaba la hora de comer, escogíamos algún restaurante exótico, y probábamos la comida de aquellos sitios que nos hubiera gustado visitar. Siempre nos reíamos por todo, incluso si se caía, le costaba levantarse al no tener fuerza por estarse riendo a pleno pulmón. Ella es lo más hermoso que he visto en mi vida. Cuando visito este parque, a veces creo escuchar su voz, y veo sus ojos en el brillo del lago.
¡Si! en ese momento me quedé sin palabras, ni mis costumbres, ni mi educación, ni lo mucho que se había esmerado la sociedad en impregnarme un poco de su cinismo hacían posible que dijera nada. Así que tan solo miré al frente, donde jugaban los patos, y dediqué todas mis fuerzas a que no se desatara el terrible nudo que se formaba entre mi pecho y la garganta.
Él prosiguió – Su sonrisa, más grande cuanto mayor la adversidad, sus soplidos en la nuca cuando empezaba a dormirme o para despertarme, sus experimentos con los muffins, como convertía cualquier absurdo programa de la televisión en algo divertido. Ella hacía todo maravilloso solo con existir, incluso cuando se fue, lo hizo con sonrisas y bromas, aquella tarde al despedirse de mi no pude ver en sus ojos lo que ella sabía, que no habría un mañana.
Sólo pude mirarlo, ni asentí, ni sonreí, tenía los ojos completamente abiertos, petrificados por el momento y atenazados por el frío. Aferraba mi nudo con fuerza y me tomé un tiempo para no olvidarme de respirar, no sé si segundos o minutos, para que tras recuperar la circulación pudiera quizás considerar intentar mover la lengua, y, porqué no, articular alguna palabra, y participar algo de aquella conversación.
Pero el hombre me salvó y prosiguió – ¿Pero sabes una cosa amigo? Conocerla fue lo mejor de mi vida, nada puede ni podría superarlo jamás, así que me deleito recordando los momentos que compartimos mezclándolos con mis días, las décadas en las que vimos juntos cambiar el mundo sin rencor y con risas. Y de todos los sitios, aquí es dónde la siento más cerca de ella, al igual que cuando cojo alguno de los álbums en los que coleccionaba postales de todo el mundo. No hicimos muchos viajes, aunque si algunos grandes… Egipto, Perú, Estados Unidos, y como no, su querida Australia. A todos nuestros amigos les pedía postales, y la tradición se extendió completando una colección de miles de postales.
 
La conversación siguió durante tres horas. Dejé de sentir el frío al rato, y no había tristeza, me hablaba con una alegría… plena. Incluso podéis creerme cuando os digo que empecé a participar, le hablé de mis corazones rotos, de mi hermoso país, de los sueños que asoman enterrados por necesidades, de mis tonterías absurdas a las que respondía con entusiasmo e interés.
 
El tiempo vuela en buena compañía, y cuando volví al mundo real, con relojes y horarios, me di cuenta de que no andaba sobrado de tiempo para coger mi avión. Aún sí, dediqué media hora a despedirnos, a cerrar el círculo que habíamos empezado unas horas antes, tan breve, tan grande. Le pedí su dirección y le di la mía. No me dio vergüenza darle un abrazo, y cuando abofeteó con cariño mi mejilla transmitiéndome sus mejores deseos, sentí una dulzura y un cariño que solo he recibido de mi familia.
 
Al llegar a casa, busqué la más bonita de las postales que tenía sin escribir, y comencé a dibujarle unas frases con cariño. Quería recordarle al hombre del parque que por lo vivido, y por lo que nos queda por vivir, la vida puede ser maravillosa, y saqué lo mejor de mi para hacerlo, y de paso, recordarme a mi también lo que intentaba explicarle a él.
Quizás no nos quede del amor más que el recuerdo, pero siempre hay almas que buscan que dejemos nuestra huella en sus playas, tiñéndolas de huellas y dibujos, tenemos tanto que ofrecer al mundo.
 
Ayer me llegó una postal de mi querido anciano del parque.
Tan solo ponía una frase y una carita sonriente de la vieja escuela, como las de antes de Internet.
Decía:
 
“You’ve convinced me, I’ll visit Spain next week, with her beside me”
(Me has convencido, visitaré España la semana que viene, con ella a mi lado)
 
No hay día que no piense en esa frase, y en todo lo que arrastra consigo.
Al fin y al cabo, una parte de ese hombre viajaría conmigo, siempre.
 

FIN

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4 Comentarios

  • Olga
    17 de noviembre de 2010

    Me gusta mucho como escribes Kike, y la historia me pareció muy buena. Me gusta conversar con gente mayor x q me transmiten experiencias
    de vida que tengo muy en cuenta, por lo tanto el relato bien podría ser algo real. Esta muy bien narrada y con mucho sentimiento…quizás el día que
    la escribiste estabas especialmente sensible…:)))

  • Earthblues
    18 de noviembre de 2010

    Me ha encantado tu forma de escribir. Y qué bonita historia :)

  • KATREyuk
    19 de noviembre de 2010

    Gracias a ambas :-)
    Fue un día sensible/inspirado…
    Creo que me vuelven a visitar las musas… (ya era hora)

  • Libélula
    19 de noviembre de 2010

    Historias así, son las que te hacen entrañable. Sigue dándote, lo vas a conseguir.
    Yo, también quiero recibir una postal, siempre me ha gustado mirar el correo y saber donde está la gente cercana en mi vida.
    Gracias por el relato :)

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  Bocetos y croquis de...

...un poeta novato en busca de diccionarios donde encontrar letras y colores que dibujen cielos y momentos, amante de la vida y sus Nirvanas, de canciones, gestos, olores... ¡Cómplice de atraco a palabra armada junto a Joaquín! Busco el hueco para deslizar mis dedos húmedos y lascivos por entre las piernas de la vida, mientras avivo mi mirada de Peter Pan, mientras con detergente me esmero en conservar el alma lo más blanca posible.

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