El dilema de Pegaso

25 de agosto de 2010 en A5, Relatos o Versos 4 comentarios

Permitidme regalarle esta historia a “Una princesa“, que hoy está de cumpleaños.
Y como no, a quienes me leéis y muy en especial a quienes seguís encontrando motivos para ser mis amigos, haciendo gala de paciencia, y viendo, entre mis ramas caídas y eventuales desiertos, el Corazón que intento dejar grabado en la arena.
Espero que no se os haga muy largo, y que yo haya conseguido plasmar la idea inicial.

EL DILEMA DE PEGASO

Majestuoso, señorial, negro… Pegaso era el príncipe del cielo y la anomalía de una especie, el único que quedaba de una estirpe de caballos alados. Los demás ejemplares que le rodeaban en aquella parte del bosque habitaban en paz, eran normales, y contemplaban cómo surcaba el firmamento con una envidia respetuosa y sana. Su vuelo era regio y uniforme, simétrico, calculado, lineal… realizaba la misma coreografía cada día, sobrevolaba el bosque dando tres amplias vueltas, luego de un lado a otro en una cruz para acabar haciendo una amplia curva y aterrizando en la zona en la que estaría pastando para luego descansar un rato. Aquel ritual diario era observado por todos sus hermanos que admiraban aquella majestuosidad y aquella clase.
Una luminosa mañana, a la sombra de un roble, estaba Pegaso acostado disfrutando del día cuando Typhos se acercó a él. Era un caballo marrón claro con una marca blanca dibujada en su frente con forma de espiral que lo distinguía de los demás. Entre los caballos era conocido por sus extraños saltos y continuos intentos de piruetas, algunas con éxito, otras eran fracasos recibidos con carcajadas ajenas, lo que solía hacer que tuviera magulladuras por las caídas.
 

 
– ¡Precioso día! – dijo Typhos
– Otro día más – contestó Pegaso con gesto serio y altivo.
– ¿Qué has hecho hoy? – preguntó el caballo marrón
 
Tras una mirada indiferente, Pegaso contestó: “Lo de siempre, despertarme cuando el sol estaba a medio camino del acimut, dar un paseo por la pradera, realizar mi vuelo, y acostarme a descansar una vez el sol lucía en todo lo alto.”
 
– ¿Haces eso todos los días?
– Sí
– Y no pruebas nada diferente…
– ¿Qué podría probar?
– Despertarte antes para ver amanecer, sobrevolar la costa, visitar bosques vecinos, quizás una pirueta…
– ¿De qué me serviría eso?
– De nada, sería por placer…
– Me gusta lo que hago cada día…
– Estás acostumbrado a ello, que es distinto.
– Me gustan mis costumbres…
– Temes probar cosas nuevas
– ¡No temo a nada!
– Entonces mañana vendrás conmigo antes de que salga el sol a ver algo que nunca has visto
– ¿Qué sentido tiene? Prefiero descansar…
– ¿Comodidad o miedo?
– No oses desafiarme…
– No lo haré, solo quiero que vengas
Pegaso dudó unos segundos.
– Vale, iré – contestó
 
A la mañana siguiente, aún de noche, Typhos despertó a Pegaso cuando aún las estrellas no se habían caído del cielo. Pegaso protestó pero acabó levantándose a regañadientes y en silencio para no despertar a nadie de la manada. Typhos le sugirió que se apresurara pues su retraso en levantarse podía estropear el plan.
 
Qué prisa puedes tener por ver algo que está ahí. – dijo Pegaso
Solo serán unos segundos, venga, sígueme. – contestó Typhos
 
Cogieron un sendero por el bosque. La Luna era su tímida compañera y farola que facilitaba sus pasos entre los árboles dormidos. La inercia hacía posibles los pasos del corcel negro, que caminando se sentía uno mas. No hubo largas conversaciones y ambos aceptaron el silencio del camino, uno por cansancio, otro por equilibrio.
Transcurrido un buen rato de camino, llegaron a un río donde varias piedras enormes parecían ser el único modo de cruzar a la otra orilla, aunque la distancia entre ellas era, en algún caso, complicada de saltar.
Typhos dio varios brincos, realmente prodigiosos, y cambió de orilla en tan solo unos segundos. Pegaso se mostraba desconfiado y temeroso, y solo ante un murmullo que lo tachaba de cobarde saltó a la primera piedra. Al saltar a la tercera sus patas traseras resbalaron y se empaparon al caer al agua, si bien no perdió el equilibrio y se levantó rápidamente. Completó el último salto y ya estaba en la otra orilla.
– ¿Haces esto a menudo? – Preguntó Pegaso
– Un par de veces por semana – contestó Typhos
– ¿Y nunca te has caído?
– Si, incluso una vez casi me ahogo, pero poco a poco, he mejorado en mi forma de saltar.
 
Pegaso prosiguió pensativo unos segundos. Al llegar a la parte de arriba del bosque su mente se quedó en blanco, tenía ante si un espectáculo increíble. Un riachuelo caudaloso descendía por una cornisa y giraba para acabar formando un pequeño lago. La luz mostraba una cueva al otro lado de la catarata, y el ruido del oleaje confirmaba que al otro lado de aquella maravilla, estaba el acantilado.
 
Ven conmigo – dijo Typhos, y Pegaso, aún sin palabras, le siguió, esta vez sin rechistar.
 
Dieron unos pasos hasta haberse librado de los árboles y poder así contemplar la catarata completamente, y el lago que estaba a sus pies.
 
Casi no llegamos, tan solo quedan unos segundos – añadió Typhos.
 
Pegaso siguió con su mirada perdida en tan bello espectáculo.
 
De repente, el Sol asomó tímido en el horizonte del mar. Sus rayos atravesaron entonces la cueva acompañados de una brisa que hacía espuma de la catarata… luz y viento la cruzaban por esa cueva que comunicaba con el acantilado. Aquello propiciaba un fulgor rojo que se propagó por al agua convirtiéndola a los ojos de aquellos dos afortunados en una llamarada centelleante. Con aquel pequeño valle aún oscuro, aquel destello relucía con una fuerza sobrenatural, era un sol palpitante bajo el fluir del agua, algo tan asombroso que era capaz de quemar algunas de las cuerdas que aprisionan el alma, para poder así hacernos libres.
 
¿A que no sabes cómo llamo este sitio? – digo Typhos sonriente
No – contestó Pegaso boquiabierto
La cascada del Fénix – dijo Typhos – Cada mañana nace durante unos segundos y muere poco después, y volverá al día siguiente incluso más grande y hermoso.
Mmmhhhh… – contestó
 
Pocos segundos después, las llamaradas dejaron paso a un precioso amanecer, ambos lo contemplaron como un regalo, como si no fuera a haber otro al día siguiente. Después pasearon por el bosque, como dos amigos de siempre, sin darse cuenta de que uno no trataba al otro como un loco y el otro no presumía de lo que lo hacía diferente. Descubrieron más rincones del bosque, el árbol lleno de musgo cuyo color del tronco era un incógnita, el tronco que una vez roto y erosionado le recordaba a Typhos a un tío suyo, aquella marisma donde las serpientes discutían lo doloroso de sus cambios de piel…
 
Bebieron en varios riachuelos y se les olvidó la hora de comer, y volvieron al prado donde había comenzado el día cuando atardecía y el Sol bostezaba.
 

 
Allí les esperaban los demás caballos preocupados, cuchicheando en grupos. Al verlos se giraron, y uno se dirigió a Pegaso alterado:
– ¿Dónde has estado?
– No sabía que debía darte explicaciones…
– ¿Qué haces con ese loco?
– ¡No es de tu incumbencia!
 
Ante las repuesta del caballo alado se formó un enorme alboroto.
– No te conviene estar con alguien tan desequilibrado ¿Acaso hacemos mal teniéndote por el mejor de nosotros? ¿Acaso no nos detenemos todos los días a contemplar tu vuelo? No debes mezclarte con ese titiritero que se pasa el día tropezando.”
– Dejadme tranquilo – contestó Pegaso – y se acomodó bajo el árbol donde hasta ese día descansaba todos los mediodías.
 
Todos se fueron, incluido Typhos, y el gran alado se quedó con la calma nocturna por delante, y su cabeza llena de pensamientos. El dilema de Pegaso era, por lo ocurrido, seguir siendo la figura que todos observan, alejarse de Typhos, y continuar con sus vuelos conservadores de cada día, habituarse de nuevo a la rutina, pero… ¿podía una vez conocida la riqueza del momento, la búsqueda de instantes perfectos, el probar hasta donde llegan tus fuerzas, encontrar límites y traspasarlos, forjar recuerdos y aferrarlos?
 
Aquel día había sido el mejor que recordaba en años, desde, probablemente, sus aventuras de joven cuando se había mezclado con el destino de los humanos, y algo dentro de él le decía, que jamás podría volver a ser el mismo. Su dilema era aceptar ese cambio o quedarse con lo conocido y ser uno más del grupo. Había algo mágico en Typhos, no era locura, sino bondad, tenía algo especial, diferente. Pero conservar su amistad le costaría el aprecio de todos los demás caballos, aunque… ¿era sincera aquella amistad? De ser así no le harían elegir.
Y rodeado de pensamientos enrevesados y tormentosos se quedó dormido, mientras entre el huracán de su mente comenzaba a ver cada vez con mayor claridad lo que su corazón quería.
 
A la mañana siguiente, cuando despertaron los caballos, no estaban ni Typhos ni Pegaso, se habían ido. Hay quien afirma haber visto a alguno de ellos o a los dos en partes del bosque que consideran prohibidas, que temen, y que nunca frecuentan, pues para ellos, no hay hogar lejos de su prado, ni nada mas allá.
Typhos y Pegaso recorren el mundo juntos, entre risas cómplices y la incertidumbre del después, la claridad del ahora. El primer Sol del día, sonríe para ellos. Todos los días madrugan, para ver qué les depara el día, y contemplan la catarata del Fénix, que según van viendo mundo les parece cada día más espectacular y esencial.
 
Cuenta la leyenda que un día Pegaso emprendió solo un viaje de varios días y acudió a la montaña donde residía quien le había otorgado su poder. Le pidió unas alas para que su amigo compartiera su vuelo, y su petición fue rechazada con indiferencia. Pidió entonces poder ceder sus alas, y con una sonrisa traviesa y sorprendida una cara se giró para contemplarlo, mirándole a los ojos y asintiendo con la cabeza. Pegaso pidió entonces que le quitaran sus alas, y la respuesta fue: “Vuelve a casa”
cada día
Cuando llegó a la cascada, el caballo marrón jugaba con la brisa del acantilado tras la cascada, desafiando al aire y a las olas, poniendo a prueba su nueva habilidad, sus magníficas alas blancas.
cada día
Desde entonces… vuelan juntos.
 

Moraleja (for Dummies)
La vida puede ser muy diferente según la actitud con la que la afrontemos.
Es mejor encontrar nuestro verdadero “ser” mas allá de convertirnos en lo que el mundo espera de nosotros.
Que tengamos la fuerza de derrumbar nuestro mundo y construir uno nuevo si es necesario.
Los verdaderos amigos no te miden por tu poder, tu riqueza, dónde estás o lo que aparentas,
sino por lo que realmente eres.
Si sigues tu corazón, pasarás momentos difíciles, pero encontrarás secretas y mágicas estancias del alma.
La amistad, la de verdad, es algo… increíble, y que merece ser vivida… plenamente.

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4 Comentarios

  • una princesa
    26 de agosto de 2010

    Gracias, muchas gracias por regalarme este pequeño tesoro. Espero encontrar ese sendero que me ayude a descubrir lo mejor de mi. Un abrazo.

  • una princesa
    26 de agosto de 2010

    Además, no recuerdo la última vez que alguien me decía eso de… “estoy orgulloso de ti”

    • KATREyuk
      27 de agosto de 2010

      No lo suelo decir porque suena condescendiente
      Pero en tu caso, era inevitable decírtelo ;)

  • Olga
    27 de agosto de 2010

    Magnífico relato!! Cuando estás atascado en la rutina de la vida y piensas que nada cambiará, leer cosas como éstas te llenan de esperanza y te inspiran a trabajar para el cambio y la superación de momentos difíciles.
    Como siempre es un placer leerte!! Hermoso regalo le has hecho a Mamen en su cumple, muy merecido, pues me parece una persona encantadora y afortunada de tenerte como amigo..;)
    Un abrazo enorme :)*

Autor

  Bocetos y croquis de...

...un poeta novato en busca de diccionarios donde encontrar letras y colores que dibujen cielos y momentos, amante de la vida y sus Nirvanas, de canciones, gestos, olores... ¡Cómplice de atraco a palabra armada junto a Joaquín! Busco el hueco para deslizar mis dedos húmedos y lascivos por entre las piernas de la vida, mientras avivo mi mirada de Peter Pan, mientras con detergente me esmero en conservar el alma lo más blanca posible.

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